Robby Gordon, una estrella mediática que se enamoró de una riojana

580452_10200248001222681_1493723185_n“Carla, Carla… Dale Carla”. Gritando, desesperados, desde el otro lado del alambrado que separa el vivac de Pisco, unas 25 personas llaman a la joven que se encuentra de espaldas al lugar donde reparan el vehículo de Robby Gordon. Carla es un nombre inventado por el público.

En realidad, Carla es Melanie, la riojana novia de Robby. Hace cinco años conoció al californiano cuando hacía promociones para la Secretaría de Turismo de La Rioja y desde entonces lo acompaña en cada competencia, mientras que ahora vive en Córdoba.

¿La intención? Tratar de conseguir un buen precio. Es que sobre una mesa se exhiben varias gorras y remeras en alusión al extrovertido piloto que conduce el gigante Hummer naranja número 315.

Todos elevan su tono de voz, todos quieren ser atendidos cuanto antes. Han pasado muchas horas desde que llegaron a Pisco para ver la llegada de los competidores, y es tiempo de volver a casa; pero nadie se resigna a llevarse un souvenir.

De pronto, desde uno de los camiones de asistencia, se asoma el norteamericano: las voces se multiplican y en ellas se escuchan los pedidos de autógrafos con dedicatoria para cada una de las prendas.

Robby entiende el juego, está en su esencia mostrarse tangible ante los fanáticos y no pierde la oportunidad. Capaz de aumentar la velocidad y saltar la rampa, aunque sólo se trate de una largada simbólica, para arrancar aplausos a montones desde las tribunas; o detener su vehículo a mitad del tramo de enlace y hacer sus necesidades: el californiano siempre encuentra cómo. Uno, dos, tres escalones y se vuelve terrestre.

Valor agregado
Sabe que su presencia es un valor agregado, que cualquiera de los allí presentes pagaría 65 soles (unos 30 dólares) por una gorra autografiada por el propio Robby, y más aún, sabe que venderá gran parte de la producción si se convierte en asistente de Carla, encargada de recibir el dinero.

“¿Son sus hijos?, ¿Qué tamaño quiere?”, Robby, el multifacético, ahora trabaja en la atención al cliente y todo se vuelve una locura. La atracción que provoca en el público hace que la seguridad tenga que intervenir para evitar que el alambrado ceda. No demora en deshacerse de las que están en la mesa. Se retira y regresa del camión con dos cajas más.

El negocio es redondo, en unos 20 minutos liquida la mercadería. Claro, él también tuvo que pagar un precio. Es que, además de sus firmas, tuvo que repetir fotos con casi todos los compradores.

Fue el caso de Luis Flores, un pisqueño de 35 años que llegó al vivac, recorrió el campamento y, antes de retirarse, se llevó una gorra y una fotografía con Gordon. Entonces, los objetivos se alcanzan para una y otra parte. Misión cumplida.

Publicado por

German La Rioja

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