El señor de la Peña

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Había que madrugar más de lo imaginable. Tal vez a las cuatro o cinco de la mañana estaba prevista la salida. La Estanciera de casa o la camioneta amarilla no daban garantías de viajar rápido y era necesario tomar recaudos para llegar en la mañana temprano, antes que se llenara de gente.

No era tan lejos como para anticipar el viaje de ese modo, pero sí lo era para vehículos que ya tenían unos 15 o 20 años de uso en caminos de tierra. El desgaste estaba a la vista y como el objetivo era llegar, los cálculos mandaban en materia de horario.

Mis padres, mis hermanos y algún invitado conformaban el contingente que antes que saliera el sol, en tiempos de la Semana Santa, partíamos en busca de un escenario que nos llenaba de paz. Ibamos al Señor de la Peña, tal como se llama la piedra gigante que engalana a La Rioja y que lleva cientos de años en el mismo lugar, como si una mano sabia la hubiera colocado allí.

A veces, amigos de la familia se sumaban al viaje, porque esa excursión dominguera daba una especie de renovación. Los niños jugábamos, los más grandes rezaban y estaban los que aprovechaban el escenario para vender de todo, velas, estampitas, crucifijos, vírgenes de yeso y cuanta comida uno pudiera imaginarse. Pero en el fondo todos iban por lo mismo, porque la idea era que esa imagen tenía un significado especial, que el perfil de Cristo estaba dibujado allí mismo.

Y de verdad lo era porque pararse debajo de la enorme piedra implicaba sentir sensaciones especiales, sentir que estábamos cerca, muy cerca, sentirnos protegidos. Y a la vez, pensar en cómo semejante roca se sostenía en pie en una parte muy angosta.

En principio fue el escenario puramente riojano, que ellos mismos definieron como el espacio del regocijo cristiano. Pero después la creencia, la fe y la esperanza hizo que su imagen trascendiera la provincia, para llegar a hoy donde hasta turistas extranjeros la visitan.

Es una piedra enorme, donde claramente se puede ver el perfil de un rostro. Los creyentes dicen que es el rostro de Cristo instalado en La Rioja.

Es una gran piedra desprendida de las estribaciones de la Sierra del Velasco, se estima que hace unos 2 mil años. Está ubicada en el paraje El Barreal, en el Departamento Arauco.

La historia cuenta que “los habitantes Diaguitas fueron los primeros en encontrar esta roca, y lo tomaron como un punto de referencia para sus cacerías de animales salvajes, además, este lugar les servía de resguardo, sombra y protección de la seca y árida extensión de tierra arauqueña. Lo llamaron primitivamente el Dios Llastay (Protector de la montaña y la Caza)”.

Esa misma historia cuenta que “al paso del tiempo, y con la llegada de los primeros españoles a la región, trayendo consigo la misión de cristianizar, aprovechan esa antigua devoción indígena para inculcar que se trataba del rostro de Cristo, desde allí es que toma este nombre, “El Señor de la Peña”.

El Señor de la Peña está ubicado a unos 47 km de la ciudad de Aimogasta, y a unos 90 km de la capita riojana.

En los sitios de internet sostienen que “la iglesia católica no aceptaba en ese tiempo la veneración de esta piedra, hasta se enviaban custodios para evitar su adoración. Sin embargo, los lugareños solían esconderse hasta que la custodia abandonara el lugar, y así poder demostrar su devoción”. Agregan que “la asunción de monseñor Enrique Angelelli a la Diócesis riojana en el año 1968, significó un gran paso para la aceptación “definitiva” de este lugar, como espacio de verdadero regocijo cristiano en la iglesia católica.

El Señor de la Peña sigue siendo uno de los sitios elegidos donde riojanos y de otros puntos van cargados de fé, porque sienten que en ese lugar hay mucho más que una piedra.

Por Jorge Vergara jvergara@rionegro.com.ar
Para diario Río Negro